dijous, 18 d’octubre de 2012

INTERROGANTS FRANCESOS


Llegeixo el post del magnífic corresponsal de El País a París, Miguel Mora, al seu bloc, i penso que encara queden molts draps bruts per remenar a la història francesa, molts debats que s'han de resoldre i que s'han de tancar, especialment sobre el feixisme francès i sobre la col·laboració en l'extermini jueu. La història també té les seves ocultacions, i el fet que hagi romàs amagada és també tan històric i tan simptomàtic com el que ha sortit a la llum. França no fou feixista perquè va ser envaïda? O no ho fou perquè va ser guanyadora? O no ho fou perquè l'antisemitisme francès és quelcom que ve de lluny? Preguntes, simples preguntes que vénen llegint un post d'un corresponsal a França
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La rutina del nazismo francés (cuestión de higiene)
Por: Miguel Mora | 02 de octubre de 2012

Marsella, 23 de enero de 1943. Cumbre francoalemana en el ayuntamiento. Empezando por el segundo a la izquierda: el jefe de las SS, Bernhard Griese; el prefecto regional Lemoine, el comandante de la policía local Mühler (segundo plano), el jefe de la Policía de Vichy, René Bousquet (sonriendo con cuello de piel), y el burgomaestre Barraud. Foto: Wolfgang Vennemann (Archivos Federales Alemanes / Wikipedia).
Hay en París estos días una exposición simple, pequeñita y terrorífica. Es en la preciosa alcadía del distrito III (editado), en las puertas del viejo barrio de Le Marais, y reúne los documentos policiales de la represión racial y de la redada del Velódromo de Invierno. 13.152 judíos fueron arrestados en París los días 16 y 17 de julio de 1942.
Los papeles muestran las anotaciones -frías, con buena caligrafía y mejor ortografía, los márgenes perfectos, todo ordenado con siniestra limpieza: la escalofriante burocracia del horror- que resumen cómo los funcionarios policiales ejecutaron las órdenes del Gobierno de Vichy. En concreto, del primer ministro de Pétain, Pierre Laval, y del jefe de policía René Bousquet, buen amigo de François Mitterrand, y que murió misteriosamente asesinado a tiros días antes de ser citado por los tribunales para ser juzgado por sus crímenes, en 1993.
La exposición narra también la ilustrativa historia de las medidas y ordenanzas decididas contra los  judíos de la capital por el régimen pronazi francés. Desde la prohibición de entrar en los parques o tiendas y la incautación de todas las radios -la información os hará libres-, a la obligación de portar la estrella amarilla con la inscripción "judío" y la escalada final: detener a todos los "israelitas" que se pudiera, niños incluidos -aunque la Gestapo no quería menores-, e instalarlos en el Velódromo de Invierno en plena canícula de 1942 para luego deportarlos a Drancy y otros campos-pantalla franceses, antesala del envío masivo a las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau.
La exposición, que ha coordinado Charles Tremil, merece realmente una visita, y ha sido prorrogada unas semanas más con buen criterio; en su día, algunos supervivientes pidieron a las autoridades que destruyeran los documentos que acreditaban su historia -recordada también en las placas que el ayuntamiento de París ha puesto en los colegios de la capital donde estudiaban los menores judíos-. Por suerte, gente como Tremil cuidó y guardó los archivos y hoy es posible asomarse al pasado.
La ocasión de ver este pedazo de historia escrita del fascismo genocida francés (suena duro, pero no tiene otro nombre aunque el Frente Nacional acabe de denunciar a la socialista Anne Hidalgo por decir que ese es su origen real) es muy importante: la crisis aprieta cada vez con más dureza y las torpezas de nuestros dirigentes -de los alemanes, sobre todo- son cada día más evidentes y absurdas.
Dado que, al mismo tiempo, las tensiones, los recelos y la banalidad de la violencia no dejan de crecer -véase la fiesta convocada por FB, o, en la escala racial, el ataque al campamento gitano en Marsella-, cualquier recordatorio de la afición europea a la barbarie organizada se hace necesario.
Los que leyeran hace unos días la entrevista con el eminente actor Jean Rochefort recordarán la terrible anécdota de su adolescencia en Vichy (su padre era un alto ejecutivo de la Shell y colaboracionista hasta la médula): "Unos vecinos denunciaron a unos judíos que vivían en el mismo edificio porque tenían bañera, para quedarse con el apartamento. Y cuándo les preguntaron porqué lo hicieron, dijeron: 'Cuestión de higiene'".
Lo mismo, curiosamente, dijeron los vecinos -árabes, casi todos- el otro día en Marsella. Que los gitanos manchaban el depauperado barrio 15 de la ciudad: "Había un problema de higiene".
Mientras algunos limpian por su cuenta sus vecindarios, esta mañana llegaba a París la noticia de la muerte de Schlomo Venezia, un judío sefardita, griego de nacimiento e italiano de nacionalidad, superviviente de Auschwitz. Venezia fue lo que Primo Levi llamó, quizá injustamente, un "cuervo negro": trabajó para los nazis en el campo. Cortaba el pelo a los muertos para hacer moquetas de submarinos y sacaba cadáveres de las cámaras para meterlos en los hornos crematorios. A cambio de cama y un poco de comida.
Fue uno de los pocos empleados que logró sobrevivir, y el único que tuvo el valor de contar su historia. Fue, por eso, un hombre torturado, pero admirable: un testigo único, crucial, del mecanismo ideado para borrar la memoria del infierno.
Aquí les dejo el enlace a una entrevista realizada en la pequeña tienda de recuerdos que Venezia tenía con su esposa Marina junto a la Fontana de Trevi.
La belleza y el espanto, a veces, conviven separados por una distancia muy corta.

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